La vendimia de antes en Ca Macot
Un acierto sería pensar que la nostalgia a menudo es un sentimiento bello, un regusto agridulce, un aguijón que pincha y dispara el corazón, una sensación a flor de piel que yo
personalmente experimento en general, en momentos de pesar.
La vendimia es, sin duda, uno de estos momentos, porque me transporta a un rincón muy escondido y lejano de mí misma, lleno de recuerdos, vivencias familiares y maneras de hacer en nuestra casa. El inicio de la cosecha provocaba nervios e ilusión a partes iguales: recogíamos el fruto del esfuerzo de todo un año de trabajo y, ante la necesidad de mirar al cielo y desear buen tiempo, la oración se hacía presente incluso entre aquellas que no solíamos confesar nuestros pecados.
El primer paso era preparar el oufit de toda la semana: cuatro harapos viejos y desgastados que nos hacían parecer un espantapájaros, deseando no encontrarnos nunca con aquella persona que nos hacía gracia, porque, cuando pasaba, nos obligaba a sumergirnos entre las uvas para intentar mimetizarnos con ellas y desaparecer. La tarde anterior, el padre preparaba los capazos y las tijeras para todos los de casa. Viejos, jóvenes y pequeños nos preparábamos para la cosecha, un trabajo que no excluía a nadie; ¡ni los animales de compañía se podían escapar! La abuela preparaba la cesta para desayunar y comer. Eso
sí, la comida no faltaba nunca. El desayuno sería de tenedor y, con un poco de suerte, disfrutaríamos de una buena clotxa, con la “sardina de casco” o arenque, el tomate a la brasa, el ajo y un buen chorro de aceite. Mmmm... solo de recordarlo ya salivo. La bota de vino o el porrón también eran imprescindibles. Pues, demos un traguito, ¡que después de la sardina sabe a gloria! La comida ya sería otro cantar, pero de momento, todo esto que teníamos por delante.
Al despuntar el día, habiendo despertado con el sonido de las campanas de la iglesia, nos poníamos en camino hacia el campo con los coches cargados. La casa se quedaba bien vacía y silenciosa. Los niños y niñas preferíamos subir con el tío abuelo, que tenía un Pascuali: un tractorcito que nos parecía más adecuado a nuestra medida. Nos encantaba hacer los desplazamientos a bordo de aquel pequeño vehículo que, con el traqueteo de los caminos, nos despertaba de golpe. Los agricultores tenían diferentes parcelas de tierra que
mayoritariamente habían heredado y que pertenecían a sus familias desde generaciones. Esto hacía que cada día fuéramos hacia una parcela del término diferente.
En aquella época, la decisión de cosechar primero una finca u otra nos la marcaba el grado alcohólico, pero tradicionalmente ya se sabía cuáles eran las viñas más tempranas. Cuando había varias opciones, empezábamos por las de más al fondo, los valles, que eran las que tenían más riesgo de quedarse sin acceso cuando llovía. Eso sí, sacar uvas de una parcela mojada, para los pequeños de casa, también tenía su gracia, sobre todo cuando alguien se quedaba enganchado en el barro.
Durante la jornada, todos cortábamos racimos y normalmente había uno que hacía de vaciador. Llevaba la marca de tierra grabada en el hombro, que era donde sostenía el capazo para descargarlo en el remolque. Era un trabajo pesado, pero aliviaba a los demás. Y después de un capazo, otro, hasta llenar el remolque. Una vez lleno y después de haberlo pisado, el tractorista llevaba la uva cosechada a la bodega y, mientras no volvía, hacíamos un montón de racimos en el suelo, encima de una borraza, esperando a que el tractor volviera de descargar la primera remolcada. La cuestión era aprovechar el tiempo. Los agricultores siempre miramos al cielo, no fuera que pintaran bastos, se pusiera a llover y nos tocara correr.
La cosecha, a ojos de un niño, la vivía de manera festiva, siempre entre las bromas de los primos que me hacían la puñeta y las risas de los mayores al ver mi cara enfurruñada. Los cantos y los juegos de las más pequeñas de casa eran constantes, nos entreteníamos cortando hojas en vez de uvas, corriendo detrás de una mantis o haciendo pastitas con agua y tierra.
Memorias de una infancia feliz, recuerdos que nos anclan a la tierra que nos ha visto nacer y que refuerzan este profundo sentimiento de pertenencia que nos dignifica, como una viña cuando arraiga, crece fuerte y sana y es en aquella tierra donde perdurará y dejará semilla.
